02-De repente

Canción: «I Can Never Say Goodbye» — The Cure

Sé que lo dejamos en la búsqueda de piso. Nos quedaba la mudanza, los puntos que aún no me habían quitado, todo ese proceso administrativo de desmontar una vida. Prometo volver a ello. Pero hoy, 13 de agosto, casi tres meses después de que me abandonara, ha pasado algo. Y no es algo que se vea desde fuera. Son esos pensamientos internos, los que llegan sin avisar y te dejan rota por dentro sin que nadie note que te has caído.

Empezó anoche.

12 de agosto, 23:03. Unas horas antes, el país entero había mirado al cielo. Un eclipse. La gente se emocionaba, se juntaba en azoteas, se pasaba las gafas de cartón, lloraba un poco sin saber muy bien por qué. Un hecho histórico, decían, el primero en más de un siglo. Vivíamos, colectivamente, algo. Arriba, en el norte, se hizo de noche en pleno día. Aquí, en Madrid, el sol solo se dejó morder: un parcial, la versión incompleta, el eclipse a medias que le tocaba a los que se habían quedado fuera de la franja. Hasta el cielo repartía con criterio.

Yo lo miré sin emoción. Sin ganas de pedirle nada más a las alturas. La ciencia decía una cosa —mecánica celeste, sombras que se cruzan, nada personal— y la astrología decía otra —revoluciones, cierres de ciclo, el universo hablándote a ti concretamente—. Y yo, que ya no creo en ninguna de las dos con la fe suficiente, me quedé en el punto muerto entre ambas. Ni la física me consolaba ni el horóscopo me servía.

Como todas las noches, hice mi ritual para dormir. Encendí la vela de lavanda de la mesita. La luz pequeña de leer. Desactivé el wifi y los datos, ese gesto absurdo de creer que apagando el mundo apagas también lo que llevas dentro. Y me puse a leer. Despedidas, de Julian Barnes. Iba tranquila hasta que una frase me rompió:

«Los recuerdos que dos personas conservan una de otra, incluso estando enamoradas, no son iguales.»

Y ahí me quedé, con el libro abierto sobre la rodilla mala, entendiendo por fin lo que llevaba tres meses sin poder nombrar: lo duro no era que me hubiera dejado. Lo duro era descubrir que ni siquiera nos estábamos despidiendo de la misma historia. Él cerraba una. Yo cerraba otra. Y ninguna de las dos era del todo real.

Eso me vació. Ese dolor que no aprieta, que hace lo contrario: te ahueca, te saca el aire, te lleva a ese sitio oscuro donde la injusticia, por una vez, cae toda de tu lado y nadie viene a repartirla.

Suena el despertador.

Al abrir los ojos, el dolor. Enorme. La rodilla izquierda no la podía estirar, como si durante la noche alguien la hubiera cerrado con llave. Andar era casi imposible. Fui despacio, agarrándome a lo que había, hasta el tramadol de un gramo, hasta la cocina, hasta el hielo. Y mientras esperaba a que las drogas hicieran su trabajo, puse I Can Never Say Goodbye, de The Cure.

Esa canción la escribió Robert para su hermano muerto de repente. Que era un aullido contra lo injusto de perder a alguien sin que te den tiempo a despedirte como se merece. Yo solo la puse porque el título decía lo que yo no podía decir. A veces el cuerpo elige la banda sonora antes de que la cabeza entienda por qué.

Desayuné. Y decidí andar hasta el coworking la industrial. Sí, estoy de baja, ya lo sé, no hace falta recordarlo. Pero necesitaba ir a un sitio seguro. Un sitio donde encontrar la prueba de que mi vida seguía siendo la que dejé atrás, la de antes, la que no había cambiado. Un ancla. Aunque para llegar a ella tuviera que arrastrar la pierna dos kilómetros.

De camino sonaba Need to Run, de Momoko y Herbert. La misma con la que empezó todo esto. El dolor de rodilla seguía a cada paso, punzada tras punzada, pero en algún momento dejé de pelearlo. Entendí que ese dolor de fuera era, exactamente, la traducción del de dentro. El cuerpo diciendo en voz alta lo que yo no me atrevía a gritar. Y aun así, andaba. El cuerpo recordaba que todavía podía moverse.

Y entonces, sin pedir permiso, apareció mi padre.

  1. Paliativos. Lo único que yo quería, con toda mi alma, era no ver el cadáver. Vivo lo que hiciera falta, pero muerto no. Pensaba que si esa imagen se me metía en la cabeza ya no habría forma de recordarlo de otra manera, que el último fotograma se comería todos los demás. Mi hermano, mi madre y yo vivimos con él la despedida entera: esa apnea larga, ese apagón lento. Salimos un momento para que le hicieran el electro. Cuando el médico volvió, nos dijo que por el COVID teníamos que entrar. Y yo pregunté, con la voz de quien negocia con el terror: ¿pero le habéis tapado? Un sí rotundo. Los dos a la vez. Un sí que era mentira.

Lo vi.

Ese cuerpo sin alma, ese que ya no reconocía como padre, estaba ahí, delante de mí, y yo esperando el asalto de la imagen, el trauma entrando por los ojos para instalarse a vivir.

Y no llegó.

Nunca me saltó. No la recuerdo. Está difuminada, borrada, como si mi cabeza hubiera decidido por su cuenta que esa no la íbamos a guardar. Lo que sí guardé fue todo lo bueno. Y también lo que mi madre había sufrido en silencio durante años. Porque fue un buen padre. Puede que no un buen marido. Las dos cosas caben en la misma persona, aunque tarden una vida en caber en la misma frase.

¿Y por qué pensé en eso, justo hoy, arrastrando la pierna hacia la industrial?

Porque tengo el dolor de otra pérdida encima. Pero de esta solo me acuerdo de las consecuencias. El sufrimiento. La obligación de abrazar una soledad que no elegí. Esa vida tranquila que llevaba años deseando y que, cuando por fin llegó, llegó rota, con la rodilla operada, complicando cada día de una recuperación que todavía no termina. La necesidad insoportable de entender por qué lo hizo. Cuando su única respuesta es que no sabe explicármelo. Que no tiene explicación. Que si la necesito, se la inventa. Que seamos amigos, porque quiere que sigamos ahí, para cuidarnos.

¿Para cuidarnos? Si cuando necesitaba que me cuidaras no estabas. ¿Y ahora podemos ser amigos?

Para poder contestar a esa pregunta, intento buscar lo bueno. Rebusco. Trece años tienen que dar para algo, digo yo. Y ahí es donde me encuentro con lo verdaderamente aterrador: no hay nada. Mi cerebro ha echado el cierre. El vacío se lo ha comido todo. No encuentro ni un recuerdo de esos trece años. Ni bueno ni malo. Ninguno. Solo uno, nítido, cruel, en bucle: él llorando, un día antes de operarme, diciéndome que necesita estar solo.

Llego a la industrial. Hay silencio, son las 8 dela mañana, nadie ha llegado, tengo una hora hasta que lleguen. Cuando el tramadol ya no distingue entre seguir o rendirse, hice lo que hace cualquier persona rota con un móvil en la mano: busqué «por qué no recuerdo nada de una relación de trece años». Como si Google fuera a devolverme la memoria por mensajería urgente.

Pero resulta que hay respuesta. Varias, de hecho, y ninguna me deja como una desmemoriada.

La primera es la que ya intuía Barnes en el libro que me rompió: el recuerdo no es una grabación, es una reconstrucción. No abrimos un archivo intacto; lo montamos de nuevo cada vez, con los materiales que tengamos a mano en ese momento. Y si los materiales que tengo hoy son dolor, injusticia y una rodilla que no estira, con eso construyo. No es que los trece años no existan. Es que no puedo edificarlos desde los escombros.

La segunda tiene nombre feo y consuelo raro: memoria congruente con el estado de ánimo. Traducido: desde la tristeza solo alcanzas lo triste. El cerebro recupera lo que rima con el sitio donde estás. Los recuerdos buenos no se han borrado, están ahí, en otra frecuencia; lo que pasa es que desde este pozo no sintonizo con ellos. Para recordar lo bueno tendría que estar, aunque fuera un rato, un poco menos rota. Y ahí está la trampa perfecta: necesito lo bueno para curarme, y necesito estar curada para acceder a lo bueno.

La tercera es la más injusta de todas y se llama regla del pico y el final. La mente, vaga y tramposa, no guarda las experiencias enteras: las resume por su momento más intenso y por cómo terminaron. Y cuando el final es él llorando, soltándome que necesita estar solo la víspera de que me abran una rodilla, ese final se derrama hacia atrás y lo tiñe todo. Trece años recoloreados por sus últimos cinco minutos. La amígdala, ese pequeño detector de amenazas que llevamos dentro, graba a fuego el golpe y, de paso, con el subidón de cortisol, entorpece que recupere el resto. Sobra-recuerdo la herida. Infra-recuerdo la vida.

Y la cuarta, la que me condena a los bucles: lo que queda sin cerrar, no se archiva. Su «no sé explicártelo, si quieres te lo invento» deja la pregunta abierta para siempre. Una historia sin final no se puede guardar en el cajón de las historias terminadas. Se queda encima de la mesa, girando, pidiendo un porqué que él ha decidido no darme. Por eso vuelve. Por eso vuelve siempre.

Así que resulta que no estoy loca. Estoy, simplemente, funcionando exactamente como funciona un cerebro humano al que le han robado el final de su propia historia.

Pienso en el título de la canción que vuelve a salir de mi lista de reproducción I can never say goodbye. Nunca puedo decir adiós. Y me doy cuenta de que ese es justo el problema, el mío y el de todo el mundo que ha perdido algo de repente: que la despedida que no te dejan hacer no desaparece. Se queda dentro, dando vueltas, buscando una salida que nadie le abrió.

A mi padre no lo taparon, y aun así mi cabeza me protegió y borró la imagen.

A ti te vi entero, llorando, pidiéndome soledad, y mi cabeza no ha borrado nada.

Puede que la diferencia entre un duelo y otro sea esa: de quién te deja despedirte, y de quién no.

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