Catástrofe

Abres la puerta de la casa nueva y ahí están. Las cajas. Todas. Apiladas, torcidas, mirándote fijamente como un jurado popular. Bienvenida a tu nueva vida —parece que dicen—. Trae tu propio destornillador.

Hay una parte de esta mudanza que todavía no me explico. La zona común. Porque los años juntos tienen su contabilidad, resulta, y esa contabilidad se reparte: el colchón, los cacharros, la lavadora, la memoria de dos personas convertida en inventario. Y yo no negocié. Nada. Ni una cucharilla.

¿Por qué? Buena pregunta. Me la hago cada noche, tumbada en… bueno, en el suelo. Ya llegaremos a eso.

No negocié porque estaba abatida. Porque estaba dolida. Porque estaba recién operada y no tenía cuerpo ni para cargar una caja, mucho menos para sentarme enfrente y decir en voz alta «esto es mío». Y porque —aquí viene lo gracioso— pensé que la persona sana, la funcional, la que me había dejado, daría un paso al frente. Que la culpa, la decencia o algo parecido a la vergüenza le empujaría a ayudar.

Spoiler.

Me veía hundirme entre el cartón y solo tenía una pregunta. Una. Repetida como un mantra pasivo-agresivo:

—¿Quieres que te ayude?

¿Tú qué crees?

Hago inventario de lo que falta y falta de todo. Falta menaje de cocina. Falta lo del baño. Falta colchón —de ahí lo del suelo—. Falta tele, falta lavadora, falta altavoz, faltan productos de limpieza, falta comida. Falta, en resumen, una casa entera dentro de la casa. Miles de euros en «faltas» que, de la noche a la mañana, son oficialmente mías.

Porque seamos honestas con el reparto de papeles: yo era la parte débil. La económica. Los números los tenía él. Yo tenía la otra parte, la emocional, la funcional, la que sostiene. Y resulta que sostener no cotiza.

Así que lo hice. Compré, monté, cargué, lloré un poco entre un pasillo de Ikea y el bazar de abajo, y lo volví a hacer. Ahora vienen meses de austeridad. Meses de mirar el precio de todo. Meses de «¿lo necesito o solo lo quiero?».

¿Y sabes qué? Qué más da.

Cada euro que no me gasto me recuerda exactamente dónde estoy: aquí, en mi casa medio vacía, sobre un colchón que todavía no tengo, que pago yo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no hay nadie al lado preguntándome si quiero que me ayude.

Menos mal.

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