«Yo este piso me lo puedo permitir, y buscar piso está muy complicado, son muy caros.»
Eso me dijo cuando me quedaba un día para operarme de la rodilla.
Y entonces, en mi cabeza, empezó a sonar «The State I Am In».
Es la canción con la que Belle and Sebastian abrieron su primer disco, Tigermilk, en 1996 — grabado casi en una tarde por un puñado de estudiantes que no tenían muy claro qué hacían con su vida. Suena dulce, amable, con arreglos de terciopelo, mientras por debajo desfilan la precariedad, el desconcierto y una vida que parecen estar administrando otros. Me pareció la banda sonora exacta para lo que venía: perder la casa, estar a punto de que me abrieran una rodilla y, aun así, tener que presentarme ante desconocidos como una candidata solvente, estable y perfectamente funcional.
Porque, al parecer, para mí buscar piso iba a ser más fácil. Total, tenía todo lo que un casero sueña con encontrar:
- Cooperativista, o sea, sin contrato de trabajo.
- Mujer de cuarenta años (y si encima quieres ser madre soltera: enhorabuena, eres «vulnerable»).
- De baja y lesionada (ahora cobras menos, y lo que vas a cobrar de verdad no llega hasta el mes siguiente, así que tus ingresos tampoco son los que dicen tus nóminas).
Resulta que buscar piso era un escape room. La primera prueba: encontrarlo. Al principio tenía expectativas —zona, luz, algún capricho—; a los pocos días me apañaba con que tuviera techo. El proceso era facilísimo:
- Rellenas un formulario de contacto donde certificas que eres una persona de fiar y majísima.
- Si pasas el filtro, la siguiente prueba: documentación. Datos y datos, papeles y papeles.
- Si más o menos les convences, agendas visita.
De 78 visitas agendadas, vi 27 pisos. Al resto no llegué: los alquilaban antes de que apareciera, o ya tenían candidatos mejores entre los que elegir. Y en los que sí veía, empezaban los peros: «vamos a esperar, por si viene una pareja sin hijos, o alguien que nos dé un poco más de confianza económica».
Según Google Maps, pateé 72 kilómetros. Google Fit me marcó riesgo histórico y reventó mi puntuación de la OMS. Un día hasta me preguntó si estaba bien — no por lo que andaba, sino por mi velocidad de tortuga. Diez minutos de persona normal eran, conmigo y dos muletas, cuarenta minutos; y cuarenta grados en la calle se convertían en cuarenta y dos en el reloj. Llegué a temer que el móvil llamara solo a una ambulancia creyéndome un golpe de calor, y que el de la ambulancia fuera guapísimo y solo viera a una perdedora derretida en una acera.
«Pero al final lo conseguiste», me dice la gente. ¿Que cómo? A las 3:17 de la madrugada me saltó un anuncio en Idealista. Sí, estaba despierta. Estaba llorando, no podía dormir, y me hacían compañía la tristeza, el vacío y esa oscuridad en la que una entra sin darse cuenta. Cuando a las diez de la mañana me llamaron para concertar la visita, lo primero que pregunté fue: «¿Cuánto cobráis de honorarios? Os lo pago, pero no lo enseñéis a nadie más.» Me daba igual si me gustaba. No podía ver un piso más.
Así conseguí casa: pagando y mintiendo. No, no estaba de baja. Podía trabajar perfectamente. (Mentira. Estar tres horas sentada, o andar, o saltarme la rehabilitación, era una tortura.) Y lo dije sonriendo, feliz, como si en mi vida no estuviera pasando absolutamente nada.
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