«No siempre se corre para escapar. A veces se corre porque el cuerpo recuerda que todavía puede moverse.»
No quiero contar una historia de ruptura. O no como se cuentan siempre: alguien se va, alguien se queda, alguien llora un otoño entero y, pasadas las páginas de rigor, reaparece convertido en una versión mejorada de sí mismo mirando por la ventana con una taza humeante entre las manos. Ese plano existe. Yo no lo protagonizo. Lo mío tenía muletas.
Cuando termina una relación de más de trece años no se rompe solo una pareja. Se desordena el tiempo. Cambian las habitaciones, los horarios, el cuerpo, la lista de la compra, la forma de cruzar una ciudad y hasta las canciones que podías escuchar sin que se te abriera una puerta dentro por la que entra corriente.
Pero también empiezan a aparecer cosas. Un disco que no conocías. Un libro que llega el día exacto. Una calle por la que no habías pasado en tu vida. La primera noche en que duermes ocho horas seguidas y te despiertas casi ofendida de lo bien que se está. Una canción que dura cuatro minutos y consigue, sin pedir permiso, que vuelvas a reconocerte.
De eso va esto.
Cada capítulo empezará con una canción . A veces contaré de dónde viene, quién la hizo o qué pasaba alrededor cuando se grabó. Otras me quedaré en una voz, una frase, un ritmo, una guitarra. Y luego dejaré que la música me lleve a alguna parte de mi historia. No siempre a la ruptura —que no es el único tema que tengo, aunque él se creyera el argumento principal—. También estarán Madrid, los libros, el gimnasio, una rodilla que tuvo que aprender a andar otra vez, las casas en las que he vivido, los que volvieron, los que no supieron quedarse, las noches en que salí y las tardes en que no ocurrió absolutamente nada.
No sé si esto es un blog musical, un diario o una autobiografía montada con canciones. Probablemente las tres, que es la forma elegante de decir que no lo tengo claro.
La primera canción es «Need to Run», de Herbert & Momoko. Es un tema que construye su sonido con objetos cotidianos —kotos, balones de baloncesto—, lo cual me pareció un buen augurio: hacer algo escuchable con lo que uno tiene a mano. Empieza contenida, va acumulando, y termina convirtiendo el cansancio en movimiento. No promete una huida limpia ni un renacer con luz dorada. Habla del momento exacto en que seguir igual deja de ser una opción. Beatport
Arranca con una pregunta —¿es esta la mañana?, ¿significa algo esto?— y me pareció una manera bastante honesta de empezar, porque yo tampoco lo sabía. Solo sabía que no podía seguir en el mismo sitio. Literalmente: tenía que buscar piso, con la rodilla recién operada y un plazo que no había elegido.
Durante mucho tiempo creí que marcharse era abandonar a alguien. Ahora sé que a veces es dejar de abandonarte a ti misma. No siempre se corre para escapar. A veces se corre porque, después de demasiado tiempo quieta, el cuerpo recuerda que todavía puede moverse. En mi caso tardó un poco más en creérselo —venía de una artroscopia y no estaba para carreras—, pero la idea es esa.
Esta historia empieza ahí.
Deja un comentario